¡Solo han pasado cuatro años!

Hace unos días terminé voluntariamente mi actividad en los puestos directivos de la Sociedad Española de Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor (SEDAR). En la comisión ejecutiva éramos 5 miembros para dirigir el máximo órgano de gestión de la sociedad. De ellos, tres recién llegados al cargo. No hace falta decir que estos puestos no son remunerados, que acarrean mucho trabajo y que además de la satisfacción personal conllevan tan solo -en el mejor de los casos- un reconocimiento profesional.

Tomamos posesión en noviembre de 2020. Y durante estos años los retos han sido múltiples e intensos, pero si miro atrás hay uno que no desaparecerá de mi memoria: lidiar con la pandemia del COVID.

Cuando vuelvo la vista a 2020 recuerdo encontrarnos con algo totalmente desconocido para nosotros. Recibíamos informaciones poco claras o incluso contradictorias de los países que habían empezado antes el drama. No teníamos ni experiencia ni conocimiento real sobre el virus.

Tampoco sabíamos cómo tratar inicialmente a los pacientes afectados, a los que solo se les podían ofrecer medidas de soporte vital, a la espera de que fuera su propio organismo el que superara la infección, y aprender del ensayo y error. No había ciencia a la que agarrarse.

La epidemia puso en tensión el sistema sanitario público, que colapsó debido a la magnitud de la epidemia: el número de casos que requerían cuidados intensivos superaba con creces la disponibilidad de camas de UCI. A nivel nacional, cada día disminuían las posibilidades de encontrar una cama y un respirador libres para los pacientes más graves, y muchos no tuvieron acceso a dichos cuidados intensivos. Psicológicamente fue extremadamente duro para los profesionales y se define con una palabra: impotencia.

Grandes problemas requieren soluciones creativas. A lo mejor, con una mirada retrospectiva se podrían haber hecho otras cosas, pero en aquellos momentos, con los medios, recursos y conocimientos sobre la enfermedad que teníamos se hizo lo mejor que se pudo.

La utilización de los medios de la medicina privada a nivel nacional, coordinada con los centros públicos, así como la reconversión de las UCIs quirúrgicas, llevadas en muchos centros por médicos anestesiólogos, en UCIs médicas, e incluso la utilización de los quirófanos como mini UCIs para mantener pacientes intubados y darles una oportunidad de recuperación fueron algunas de ellas. En algunos hospitales de la península la edad de corte para aceptar un paciente en UCI bajó a los 60 años, cuando en condiciones normales puede llegar a los 75/80 o más en función de las condiciones del paciente.

En este sentido podemos estar orgullosos, pues en Mallorca, gracias a la coordinación público-privada, y al excelente nivel de ambas, pudimos estar en condiciones menos malas que en otras poblaciones.

Puedo decir que el sistema sanitario español estuvo a la altura de las desgraciadas circunstancias y todos los profesionales, desde el primer médico al último celador, pasando por enfermería, auxiliares, personal de limpieza, de mantenimiento y administrativo dieron lo máximo de ellos. Y anestesiología, como especialidad, demostró su capacidad, polivalencia y buen hacer, y la población general se dio cuenta del valor de sus profesionales anestesiólogos.

Recuerdo aquellos días con incertidumbre y miedo en lo que estaba por venir, pero con orgullo. En toda España la sociedad civil reconoció nuestros esfuerzos, muchas veces con medios precarios e inadecuados. Y me emociona especialmente el recuerdo de esas tardes a las 8pm cuando la gente de forma espontánea salía a los balcones a dar las gracias, con un aplauso, a todos los profesionales que estaban dándolo todo por ellos.

Por las mañanas al acudir a los hospitales, los pocos con derecho a salir de casa, nos encontrábamos con unas ciudades cuasi apocalípticas, desiertas, donde apenas había coches o peatones circulando. Lo mismo ocurría, pero de forma más lúgubre aún, cuando de madrugada acudíamos a alguna urgencia.

Las fuerzas de seguridad, también absolutamente implicadas, las veces que me detuvieron para pedirme la identificación, al ver que era médico camino del centro sanitario me permitían el paso con gesto de preocupación, pero siempre con palabras de agradecimiento por nuestra labor.

Cuatro años han pasado y parecen un siglo. Una bruma se va instalando en la memoria, haciéndonos olvidar aquellos momentos… Y con ello a nuestros héroes.

Pero me niego a ello. Escribo estas líneas con el objetico de contribuir a mantener en nuestra memoria lo que ocurrió, y para honrar a los que se nos fueron.

Valoremos y reconozcamos a nuestros héroes de entonces, porque son nuestros héroes de ahora, pero anónimos, enfundados en sus batas blancas o sus trajes de quirófano, dispuestos a dar lo que sea necesario en caso de que otro cisne negro volviera a aparecer.

No permitamos que ese fuego se extinga. Gracias a todos de corazón.

José Antonio de Paz
Presidente de AnesCon
Jefe de Servicio de Anestesiología de Clínica Rotger

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